El sueño ha terminado. Después de un mes de enojos, tristezas y alegrías, el Mundial llegó a su fin y la vida recuperó su cotidianidad. Aunque pronto iniciarán las Ligas alrededor del mundo, la Champions y las eliminatorias para la Eurocopa 2016, la realidad es que ningún otro evento deportivo iguala la emoción, la ilusión ni la pasión que despierta una Copa del Mundo.
No obstante, antes de lamentar lo larga que será la espera de Rusia 2018, hay mencionar lo que dejó la última jornada de Brasil 2014.
Ganó el futbol
El campeón no podía ser otro. Al igual que España hace cuatro años, Alemania fue campeón jugando al futbol, teniendo un buen trato del balón. Y aunque hubo rivales (Ghana, Argelia y Argentina, con los tres empató en tiempo regular) que lo sorprendieron e incomodaron, siempre se mantuvo firme y fiel a su estilo, sin desesperarse. Un estilo que, además de buscar el manejo y la posesión de la bola, favoreció el trabajo conjunto por encima de las individualidades.
El logro de Alemania no fue resultado de lo que se hizo en un mes, ni siquiera de lo hecho en un año. Proclamarse campeones fue el último paso de un proyecto que inició mucho tiempo antes y que con el paso de los años se fue perfeccionando. Los alemanes supieron respetar procesos tanto en la formación de jugadores como en la labor del técnico, y es por eso que al final lograron su objetivo de manera contundente.
Por su parte, Argentina fue un digno rival. A pesar de lo poco convincente que fue en el resto del torneo, en la final se comportaron a la altura y, con su propio estilo, dieron batalla. Buscando el contragolpe y latigazos individuales, la Albiceleste estuvo cerca de hacerle faño al contrario pero ni Higuaín ni Palacios supieron liquidar y dejaron ir claras oportunidades de gol. Y en una final contra Alemania no puedes perdonar. A pesar de que al final perdieron un poco la cabeza y se preocuparon más por golpear al rival, en definitiva el de ayer fue el mejor partido de Argentina.
Ganaron los alemanes que, aunque en un momento estuvieron cerca de caer en el juego de las patadas y los reclamos, se mantuvieron firmes y con la mente en el juego. Jamás se replegaron ni se encerraron atrás. Demostraron que la mentalidad de un ganador es siempre ir por más. Y probaron que ser campeón no es un deseo que sólo a algunos se les cumpla, sino una meta, un objetivo que te planteas y que buscas alcanzar por medio de esfuerzo, compromiso y buen futbol.
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Balon de oro… ¿O de chocolate?
La FIFA hizo de las suyas y le otorgó el Balón de Oro Adidas a Lionel Messi. Dicho premio se otorga, en palabras de la misma FIFA, “al mejor jugador de la competición”. De la competición, no del mundo, no al que más habilidad tenga; al que mejor lo hizo en el torneo. Messi no fue dicho jugador. Y con esta afirmación no se niega que el argentino sea un jugador excepcional, fuera de lo común, con una técnica individual impresionante. Pero en el Mundial estuvo lejos de ser el mejor.
Con esta acción el máximo organismo rector del futbol no sólo está subestimando el desempeño del resto de los nominados y de muchos otros jugadores. Entregarle este trofeo a la Pulga fue ponerlo en evidencia, hacerlo blanco de las críticas (muchas más de las que recibió a lo largo de la competencia y de las que iba a recibir después del partido contra Alemania). Fue como darle un premio de consolación a alguien que no sólo no lo merece, pero no lo necesita. Messi tiene la capacidad para salir del mal momento que atraviesa desde hace un año, no requiere que sientan lástima por él.
Ahora, independientemente de lo ocurrido con Messi, entre los nominados había tres jugadores que sin duda lo hubieran merecido más que nadie pero que difícilmente se los habrían entregado. Y es que la labor defensiva sigue sin destacar tanto como la ofensiva. Sin importar la cantidad de pases completados, ni las barridas correctas, ni que fueron pilares fundamentales en el buen accionar del equipo, Hummels (que además metió dos goles), Lahm y Mascherano se quedaron sin el reconocimiento (oficial) de su trabajo. Definitivamente, meter un gol (o el simple hecho de tirar) siempre será más llamativo que recuperar un balón.
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Triste anfitrión
A Brasil no lo recibirán con aplausos ni ovaciones como a Costa Rica, Argelia o México. Y no porque el Mundial fue en su propia tierra, sino porque la Verdeamarela se quedó con las manos vacías. No conformes con la goliza que recibieron frente Alemania, los brasileños entraron dormidos el sábado al campo del Estadio Nacional de Brasilia y, después del temprano penal de Van Persie, no pudieron sobreponerse.
Es complicado defender lo indefendible. En ningún momento del torneo, Brasil tuvo el joga bonito que lo caracterizó hace algún tiempo y fue gracias a errores arbitrales, a un poco de suerte y a Neymar que el equipo local llegó a cuartos de final. Sin embargo, perder al delantero estrella en el partido contra Colombia desmoronó a la Canarinha. Para los siguientes dos juegos desapareció cualquier intento de aproximación ofensiva y los defensas, desesperados por aportar al frente, perdieron todo el orden atrás.
Una verdadera lástima que el anfitrión se despidiera así de su mundial, con la cabeza abajo, mas es momento de mirar atrás no para arrepentirse de los errores sino para corregirlos. Hay un largo camino que recorrer hasta Rusia, y si Brasil encuentra un técnico que sepa regresarle su esencia, seguramente en cuatro años podrán reivindicarse con su gente aunque sea lejos de casa.
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