Cuatro años de espera y al final el resultado fue el mismo. México no llegó al tan ansiado quinto partido y se regresa a casa con las manos vacías y las ilusiones arruinadas. Después de una decepcionante eliminatoria, la Selección sorprendió a todos en la fase de grupos. Su orden y su entrega en el campo de juego emocionaron a los aficionados que, con la inocencia de un niño pequeño, soñaron con la posibilidad de llegar a cuartos y volvieron a creer que “éste era el bueno”.
Ahora, con la acumulación de frustración, de tristeza, de decepción y de enojo, no queda más que lamentarse y limpiarse las lágrimas, mientras que unos cuantos optan por repartir culpas. Que si Robben y el penal, que si el árbitro vendido, que si el Piojo y sus cambios, que si Márquez y el Chicharito… Atribuir la derrota de México solamente a uno de estos elementos es una visión demasiado simplista. Éstos son sólo factores de una ecuación mucho más compleja cuyo resultado fue la eliminación del Tri.
Sí, Robben se tiró dentro del área y el silbante lo creyó, pero culpar a Márquez por extender el pie sabiendo que el holandés es un experto en dejar el pie para buscar la falta es desviarse por completo de la cuestión. ¿Qué hubiera sido mejor, que el central mexicano lo dejara pasar? Además, la polémica jugada se generó porque México otorgó el control del partido a Holanda cediéndole la bola. El medio campo del conjunto azteca se perdió por completo, dejaron de recuperar balones y de generar juego, pues el desgaste físico provocó que Herrera fueron impreciso en sus pases y el esférico terminara en pies de los holandeses.
Aunado a lo anterior, en los últimos 20 minutos de juego (un poco más) Robben estuvo llegando con más comodidad por la banda izquierda, producto del dominio de su equipo y también de la salida de Héctor Moreno. Si bien el trabajo de Diego Reyes no fue por completo malo, la realidad es que en el primer tiempo Moreno había hecho un espectacular trabajo anulando al delantero holandés. Su lesión, además de lamentable, fue un duro golpe en la zona defensiva.
No obstante, lo mencionado previamente corresponde únicamente a un argumento meramente futbolístico, igual que analizar si los cambios del Piojo fueron adecuados o no. En el futbol, hay cosas que van más allá de cualquier razonamiento lógico y de cualquier explicación teórica. ¿Por qué, se juegue como se juegue, se tenga el técnico que se tenga, el Tri termina igual Mundial tras Mundial? La cuestión va más allá de aspectos técnicos y tácticos.
La Naranja Mecánica es una selección que, como la alemana, la brasileña o la argentina, sabe definir un partido aun cuando la posesión del balón fue del rival. México no, su “ingenuidad” y su “inocencia” son tales que su propia capacidad le parece sorprendente y termina por abandonar todo lo que había logrado. Pareciera que el éxito es tan desconocido que cuando está cerca de él, el combinado azteca se asusta e inconscientemente lo deja ir. Como escribió Juan Villoro: “La Selección Nacional enfrentó a Holanda sin miedo, pero se temió a sí misma. Asustada de lo que había logrado, cedió la iniciativa”.
“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”. La afirmación es en parte correcta. Sí, el desenlace de la historia mundialista fue el ya conocido por todos. El guion no cambió la fascinante ilusión se convirtió en la desgarradora decepción, esa que deja un vacío en el corazón. Pero todo fue igual que siempre. La manera en que Miguel Herrera recuperó, en conjunto y en lo individual, a este grupo de jugadores no debe ser olvidad. Su capacidad para, en tan poco tiempo, revivirlos no se encuentra en cualquier lado. Ojalá que el Piojo se mantenga frente al Tri, pues el proceso sigue y de aquí a Rusia hay cuatro años en los que habrá mucho que trabajar.
Es cierto, no se puede pedir que se sienta satisfacción por el buen torneo que hizo el equipo mexicano. Uno no puede irse satisfecho porque la derrota nunca es satisfactoria. Se juega para ganar y perder es no alcanzar el objetivo y eso nunca deja un buen sabor de boca. Pero sí se puede decir que hay que levantar el rostro. Las lágrimas están justificadas pero que no hay nada de que avergonzarse. Aunque los jugadores dejaron ir el triunfo porque pensaron que se trataba de un sueño, lucharon como los grandes y dieron la cara como guerreros. Se fueron por la puerta grande y no como un perro abandonado, con la cola entre las patas.



